El cultivo es cosa que nos concierne a nosotros en el pasado, siempre en tiempo pasado y que ciertamente nos abandona sin esperanza cuando la incidencia de los ritmos vitales, de las etapas de la vida, se precipitan sin más. Incurro constatemente en lamentos por las fallas de mi estilo -si es que de veras me posee alguno- pero sé que ellas no limitan la invocación circunscri(p)ta que realiza mi espíritu en vistas de la concreción futura de uno que otro acontecimiento favorable. Mucho se ha dicho con relación a este propósito, cosa que no se ha de tener en cuenta cuando se valora a la prudencia como directiva y cúmulo de vida: la prudencia como experiencia adquirida sin adquirir, experiencia no presencial, es aquella regla empírica (y curiosamente ideal) que promete fantásticas oportunidades de crecimiento o expanción al cumplir con las necesidades y las condiciones de la circunstancia, de lo circundante. Lo que anida en lo que nos circunda es ya entonces el valor de la existencia en tanto que lenta marcha hacia el re-conocimiento de la diferencia, o bien, de la rápida proyección de la diferencia en el terreno de lo que es indistinto y que es necesariamente precedente. La prudencia, en este sentido, ata un lastre al rededor de nuestra singular exclusividad vivida para hacerla corresponder con lo más cercano, y, en el peor de los casos, con lo más lejano de lo que es cercano.
Ahora bien, el que se remita al cumplimiento de esta regla permite el acopio de otra posibilidad de vida: procediendo en la busca de una mayor potencia que zanje el firmamento de lo dicho y hecho, de lo asentado en la muy redonda y muy recorrida tierra, se puede acudir a la prudencia para hacerle garante de nuestras potencialidades constructivas y así evitar las calamitosas precipitaciones del ímpetu humano -demasiado humano-. Para rasgar y crear duraderamente con los retazos sobrantes es necesario dejar que la misma prudencia proporcione tablas de experimentación sensatas que nos conduzcan a una expansión larvaria, a un crecimiento en intensidad que aumente el poder gestador de las ambiciones somnolientas faltas de previa con-ciencia. Por lo visto aquel despropósito nos inculca el coraje de la vigilia, pero no ya, por supuesto, esa vigilia sedentaria que monta su custodia junto al hogar (el lenguaje) sino aquella que es posesa fiel de la inquietud y que se encuentra en pie de guerra contra todo exceso de confianza o de ataduras; sin tener que recorrer el campo minado de lo circundante, de lo circunscrito, tal empleo de la prudencia se caracterizará de hecho como un simple despertar ante el inevitable fluir de la existencia pues no tendrá más referente que lo transitorio, a diferencia, ya pues, de la recurrencia a lo (tácitamente) establecido.
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El cultivo debería ser algo que nos concierne en nuestro tiempo vital, en la "facticidad de la existencia" misma y no solo en un pasado que por su mismo carácter ya no es. El cuidado o cultivo debería estar ya siempre ahí, ya siempre siendo en nuestra manera de andar en el mundo. Y la prudencia.. te gusta el término? yo le tengo tirria porque tiene ese implicación escolástica y teológica... a mi me gusta más la prhónesis, porque aún conserva ese sabor griego que justamente, no deja espacio para que se pueda hablar de una experiencia sin adquirir, que es la que mencionas al principio. Ahora, lo que dices aquí: " Lo que anida en lo que nos circunda es ya entonces el valor de la existencia en tanto que lenta marcha hacia el re-conocimiento de la diferencia, o bien, de la rápida proyección de la diferencia en el terreno de lo que es indistinto y que necesariamente precedente. La prudencia, en este sentido, ata un lastre al rededor de nuestra singular exclusividad vivida para hacerla corresponder con lo más cercano, y, en el peor de los casos, con lo más lejano de lo que es cercano", me gusta porque da cuenta de ese juego constante entre lejanía y cercanía en el que se basa la vida humana. También me gusta que hables de posibilidades...eso permite pensar a la existencia como apertura y no necesariamente como caída o estado de yecto...
ResponderEliminarNo me esfuerzo demasiado en creer que la prudencia sea intercambiable por un término con el cual no estoy del todo familiarizado; te diré el porqué de este argumento reaccionario:
ResponderEliminar- phrónesis, vocablo griego cuyo uso originario remite a la "Ética a Nicómaco" de aristóteles y que con ella se encabeza la filosofía de término medio, además de la virtud del pensamiento moral, no puede tener mayor sentido que uno estrictamente delimitado por el sentido práctico de un político de la polis griega, así Nussbaum insista en una trasposición ahistórica; un sentido práctico que se guie por su entorno más inmediato, por su círculo más cercano, no toma a consideración lo que hay de sistémico en la política; digo, entonces bien, lo que hay de sistema global en el ámbito de una política nacional para no olvidar que las verdaderas decisiones políticas -por lo menos sí las de mayor peso- se toman con la irrupción del capital en la jurisprudencia estatal, siendo que este reverbera con tal fuerza en todo tipo de occurrencias de índole política que termina por convertirles, al tiempo mismo, en espejo de asuntos internacionales. No estoy dipuesto a creer que la actualización de prhónesis sea fiel a ese juego distante, más que de distancias, que engloba la infinidad de relevos que caracterizan de antemano (y en la práctica) a la puesta en escena del zoon politikon hoy día. La prudencia, tomando en cuenta el estado de cosas actual, una situación, como se dice, de toma de decisiones fragmentarias, hace justicia al despliegue comedido de las potencialidades dadas para un sujeto o comunidad política puesto que ella designa a lo que en cada situación se debe acatar según esas mismas posibilidades que no cesán de cambiar, es decir, de desaparecer y de transformarse.
- La implicación teológica es lo que le brinda un halo liberador al término. En nuestra tradición de sentido latina, la prudencia (prudentia) ocupa el lugar de una de las cuatro virtudes cardinales no como una virtud que sirva a la toma certera de decisiones moralmente correctas, sino más bien como un tipo de conocimiento que una vez sea dada una situación concreta, dado un tiempo y un lugar, relampagará en la conciencia para mostrar el camino más favorable al alcanze (ya quisiera decir a la mano); ella no ostenta el carácter definitivo/definitorio que ocupa normalmente la razón (ratio) pues sólo resta en ella una sagaz previsión de acontecimientos futuros a desencadenar. La prudencia carga a cuestas con el sentido de providencia divina ya que ella signa la abolición del tiempo como horizonte de existencia para visibilizar la epifanía humana de la divinidad que, en últimas, podríamos designar como la presencia de Genius -dios al cual todo ser humano es confiado en el día de su nacimiento según los latinos (consultar Giorgio Agamben "Genius")- en la conciencia del evento; la manifestación de aquella porción divina de la conciencia humana corresponde a cierto respeto, e incluso, cierta manera de honrar la existencia misma pues supone que de nacimiento hemos contraído una deuda con la fatalidad y la felicidad, modo de ser, éste último, que nos es facilitado por procedimientos prudentes.