domingo, 15 de marzo de 2009

Unleashed Glass

http://www.youtube.com/watch?v=I7UwY-LL_uw&NR=1

Complejas austeridades del sentimiento

El cultivo es cosa que nos concierne a nosotros en el pasado, siempre en tiempo pasado y que ciertamente nos abandona sin esperanza cuando la incidencia de los ritmos vitales, de las etapas de la vida, se precipitan sin más. Incurro constatemente en lamentos por las fallas de mi estilo -si es que de veras me posee alguno- pero sé que ellas no limitan la invocación circunscri(p)ta que realiza mi espíritu en vistas de la concreción futura de uno que otro acontecimiento favorable. Mucho se ha dicho con relación a este propósito, cosa que no se ha de tener en cuenta cuando se valora a la prudencia como directiva y cúmulo de vida: la prudencia como experiencia adquirida sin adquirir, experiencia no presencial, es aquella regla empírica (y curiosamente ideal) que promete fantásticas oportunidades de crecimiento o expanción al cumplir con las necesidades y las condiciones de la circunstancia, de lo circundante. Lo que anida en lo que nos circunda es ya entonces el valor de la existencia en tanto que lenta marcha hacia el re-conocimiento de la diferencia, o bien, de la rápida proyección de la diferencia en el terreno de lo que es indistinto y que es necesariamente precedente. La prudencia, en este sentido, ata un lastre al rededor de nuestra singular exclusividad vivida para hacerla corresponder con lo más cercano, y, en el peor de los casos, con lo más lejano de lo que es cercano.

Ahora bien, el que se remita al cumplimiento de esta regla permite el acopio de otra posibilidad de vida: procediendo en la busca de una mayor potencia que zanje el firmamento de lo dicho y hecho, de lo asentado en la muy redonda y muy recorrida tierra, se puede acudir a la prudencia para hacerle garante de nuestras potencialidades constructivas y así evitar las calamitosas precipitaciones del ímpetu humano -demasiado humano-. Para rasgar y crear duraderamente con los retazos sobrantes es necesario dejar que la misma prudencia proporcione tablas de experimentación sensatas que nos conduzcan a una expansión larvaria, a un crecimiento en intensidad que aumente el poder gestador de las ambiciones somnolientas faltas de previa con-ciencia. Por lo visto aquel despropósito nos inculca el coraje de la vigilia, pero no ya, por supuesto, esa vigilia sedentaria que monta su custodia junto al hogar (el lenguaje) sino aquella que es posesa fiel de la inquietud y que se encuentra en pie de guerra contra todo exceso de confianza o de ataduras; sin tener que recorrer el campo minado de lo circundante, de lo circunscrito, tal empleo de la prudencia se caracterizará de hecho como un simple despertar ante el inevitable fluir de la existencia pues no tendrá más referente que lo transitorio, a diferencia, ya pues, de la recurrencia a lo (tácitamente) establecido.

Eugenio Montejo a propósito de tenues ritmos musicables

Pájaros sin pájaros

No, por supuesto, pájaros novicios
de canto incierto, desigual o falso.
- Otros sonidos y otras alas.
Hablo de todo Schubert entre vuelos errantes,
del rapto oído en un gorjeo
que suba a más
octava por octava.
Hablo de pájaros sin yo, sin ningún pico,
celestes y sin patas,
pájaros que sean tan sólo música
en el ascenso más alto de los aires.
No, por supuesto, pájaros tenores,
gordos, falsarios, de pesadas plumas,
sino flechas que se desprendan de alguna partitura
y al cielo suban, o más allá, sin pausa,
arrebatando el corazón de quien escuche
y agradecido calle...
- Debem creerme. Hablo de sones puros,
de pájaros sin pájaros.

Vals de las cosas

El vals objetivo de las cosas,
el cadencioso vals que las recorre,
tan ceñido a su peso, volumen, geometría.
El que pauta la danza sin moverse
bajo la etérea música del polvo.

El vals que suena dentro de las cosas
como ordenando el tiempo en torno a ellas,
con rectos acordes instantáneos.
El vals objetivo, sin nostalgia, aunque no olviden cuando fueron jóvenes
y reinaba otra moda más a gusto,
y el jarro vino de Los Teques una tarde
con flotantes gladiolos del camino.

El insistente vals al fondo de sus sombras
que siempre las convoca y las despierta,
y se baila sin baile pero llevando el paso,
muy natural en medio tan abstracto.
El vals que la seduce con su ritmo,
el que ahora mismo se apodera de nosotros
y nos hace danzar sus sones inaudibles,
móviles pero inmóviles, con música del polvo,
cuando ya nada importa, salvo su danza,
hasta volvernos roca, metal, vidrio, madera,
con sentimientos curvos, oblongos, triangulares,
según el son y el baile, según la cadencia
que siempre suena sin sonar por todas partes.